Puede un católico aceptar la astrología

Martes, 30 Septiembre   

Como ha de resultar obvio para cualquier lector atento, mi anterior post en este blog -”Astrólogos católicos”- deja sin responder una pregunta crucial: si la astrología constituye realmente un “saber legítimo”, como allí se dice, y si un católico puede considerar aceptables las afirmaciones que se hacen a partir de una carta astral.

Si nos vamos al Catecismo de la Iglesia Católica, la contestación parece ser claramente negativa: en concreto, el artículo 2.116 nos avisa contra todas las formas de adivinación -entre ellas, la astrología-, en cuanto que parecen suponer el deseo de controlar nuestro destino, de vivir “centrados en nosotros mismos”, en vez de abandonarse confiadamente en las manos de Dios.  Por supuesto, el Catecismo tiene toda la razón al avisar contra astrólogos, quiromantes, tarotistas y demás fauna esotérica y new age por ese motivo y por muchos otros; pero esta viva advertencia no agota todo lo que, desde el punto de vista cristiano, se puede decir sobre la astrología.

En primer lugar: a lo largo de la historia de la cultura occidental, ha habido grandes teólogos, filósofos y científicos que, sin mayores problemas, han aceptado la astrología como un saber efectivo y legítimo sobre la intimidad psicológica del ser humano.  Así, por ejemplo, Santo Tomás reconocía con toda naturalidad la existencia de influencias astrales sobre los hombres.  Sabemos, por otra parte, que Kepler y Galileo, aunque fueron críticos con importantes aspectos de la astrología de su tiempo, levantaron horóscopos.  Unos años después, Newton explicaba a sir Edmund Halley -descubridor del famoso cometa homónimo- que, para quien la estudiaba y conocía a fondo, la astrología no representaba en absoluto una disciplina supersticiosa y ridícula.  Y, ya en el siglo XX, es bien conocida la defensa que Carl G. Jung realizó del saber astrológico dentro de su teoría de la sincronicidad, según la cual un análisis rigurosamente empírico de la cuestión demuestra que la vida humana está acompasada o “sincronizada” con los movimientos planetarios.